Olía asombrosamente bien. Llevaba perfume: un perfume delicado, con un ligerísimo aroma a especias exóticas.
Algo había ocurrido en el interior de Zac la primera vez que ella le había lanzado una de sus curiosas sonrisas. Sintió de nuevo aquel estremecimiento y comprendió qué era. Deseo. Dios, hacía tanto tiempo...
-¿Y si no voy de farol? -preguntó con apenas un susurro. Estaba tan cerca de ella que su aliento le agitó algunos mechones de pelo-. ¿Y si de verdad quiero que entre?, ¿que pase la noche conmigo?
Vio un destello de incertidumbre en sus ojos. Luego, ella se apartó esquivando hábilmente su bastón.
-Lo siento, no estoy de humor para enrollarme con un capullo -replicó.
Zac abrió la puerta. Debería haberla besado. Ella parecía desafiarlo a que lo hiciera. Pero no le había parecido lo correcto. Besarla habría sido pasarse de la raya. Aunque lo deseaba muchísimo...
Se volvió para mirarla antes de entrar.
Si cambia de opinión, avíseme.
Nessa se echó a reír y desapareció en su apartamento.
Capitulo 3
-¿Sí? -respondió Zac con voz ronca al teléfono. Tenía la boca seca y la cabeza le dolía como si le hubieran golpeado con un martillo hidráulico.
Según su despertador eran las 9:36 y el sol entraba a raudales por debajo de las cortinas de su dormitorio. La luz hendía su cerebro como un rayo láser. Cerró los ojos.
-Zac, ¿eres tú?
Sharon. Era su hermana, Sharon.
Zac se volvió en la cama, buscando algo, cualquier cosa con que humedecerse la boca reseca. En la mesilla de noche había una botella de whisky con dos dedos de líquido ambarino dentro. Echó mano de ella, pero se detuvo. Ni loco iba a volver a darle otro trago. Demonios, eso era lo que solía hacer su padre. Empezaba el día con una copa... y lo acababa tirado en el sofá del cuarto de estar, borracho como una cuba.
-Necesito tu ayuda -dijo Sharon-. Tienes que hacerme un favor. En el hospital me han dicho que te han dado el alta y no podía creerme la suerte que he tenido.
-¿Qué favor? -masculló él. Iba a pedirle dinero. No era la primera vez, ni sería la última.
Sharon, su hermana mayor, era tan aficionada a la bebida como lo había sido su padre. Era incapaz de conservar un empleo, no podía pagar el alquiler, no podía mantener a Natasha, su hija de cinco años.
Zac sacudió la cabeza. Había estado presente cuando nació Tasha, cuando llegó al mundo, hija de padre desconocido y de una madre irresponsable. Aunque quería a su hermana, Zac sabía muy bien que era una irresponsable. Vivía a salto de mata, de trabajo en trabajo, de ciudad en ciudad, de hombre en hombre. El hecho de tener una hija no la había arraigado en ninguna parte.
Cinco años atrás, al nacer Natasha, antes de que casi le volaran la pierna, Zac era una optimista. Pero ni siquiera él había sido capaz de imaginar que aquella niña fuera a tener un futuro feliz. A menos que Sharon reconociera que tenía un problema con la bebida, a menos que buscara ayuda, se pusiera en tratamiento y lograba sentar por fin la cabeza, él sabía que la vida de la pequeña Natasha estaría llena de caos, agitación y cambios constantes.
Y no se había equivocado.
Durante los cinco años anteriores, cada mes, Zac mandaba dinero a su hermana con la esperanza de que lo usara para pagar el alquiler y Natasha tuviera un techo y comida con que llenar el estómago.
Sharon iba a verlo muy de tarde en tarde cuando estaba en el hospital para veteranos. Únicamente cuando necesitaba dinero extra, y nunca llevaba a Natasha, la única persona en el mundo a la que Zac habría querido ver.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
Continuacion
Su vecina de al lado era asombrosamente bella. Era casi medio metro más baja que él y de complexión esbelta. Llevaba una camiseta holgada y unos pantalones cortos anchos. Sus piernas bien formadas tenían el mismo bronceado ligero y estaba descalza. Su figura era menuda, casi infantil. Casi. Sus pechos parecían pequeños, pero hinchaban de un modo decididamente femenino, aunque leve, la tela de su camiseta de algodón.
A primera vista, por su forma de vestir y su belleza límpida y fresca, Zac había pensado que era una niña, una adolescente. Pero, de cerca, distinguía leves arrugas en su cara, junto con una confianza y una sabiduría que no podía transmitir ninguna adolescente. Pese a su apariencia juvenil, aquella tal Vanessa Hudgens rondaba posiblemente su edad.
-Los SEAL de la Marina -explicó él, sin dejar de mirar sus extraños ojos pardos- son el grupo de operaciones especiales más selecto del ejército estadounidense. Operamos en tierra, mar y aire.
-Entiendo -dijo ella con una sonrisa-. Qué monada.
Tenía una sonrisa algo ladeada que la hacía parecer un poco boba. Sin duda sabía que aquella sonrisa estropeaba su perfecta belleza, pero ello no le impedía sonreír. De hecho, Zac habría apostado a que, boba o no, la sonrisa era la expresión preferida de aquella mujer.
Aun así, su sonrisa era dubitativa, como si no supiera si él se la merecía. Estaba inquieta, pero Zac no sabía si era por sus heridas o por su imponente estatura. En todo caso, no se sentía a gusto con él.
-«Monada» no es una palabra con la que se suela describir a una unidad de operaciones especiales.
-«Operaciones especiales» -repitió Nessa-. ¿Algo parecido a los boinas verdes o los comandos?
-Algo parecido -le dijo Zac mirándola a los ojos-. Sólo que es un cuerpo más sofisticado, más fuerte y más duro. Los SEAL estamos especializados en diversos campos. Todos somos excelentes tiradores y expertos en demoliciones tanto en tierra como en mar, podemos volar, conducir o navegar cualquier avión, reactor, tanque o embarcación. Y todos somos expertos en el uso de la tecnología militar más avanzada.
-Me da la impresión de que es usted un experto en hacer la guerra -la sonrisa bobalicona de
Nessa se había desvanecido, llevándose consigo la mayor parte del calor de sus ojos-. Un soldado profesional.
Zac asintió con la cabeza.
-Sí, eso es.
A ella no le gustaban los soldados. Ésa era la clave. Tenía gracia. Algunas mujeres se volvían locas por los militares. Y otras hacían lo imposible por evitarlos. Aquella tal
Vanessa Hudgens caía claramente en la segunda categoría.
-¿A qué se dedica cuando no hay guerra en la que luchar? ¿Empieza una usted solo?
Sus palabras eran deliberadamente hostiles. Zac sintió que se crispaba. No tenía que defenderse a sí mismo ni a su profesión delante de aquella chica, por muy bonita que fuera.
Se había encontrado con muchas como ella antes. Era políticamente correcto ser pacifista, apoyar la desmilitarización, defender el recorte de gastos de defensa... sin tener ni idea de la situación mundial.
Zac no tenía nada contra los pacifistas, en realidad. Creían verdaderamente en el poder de la negociación y en las conferencias de paz. Pero él se regía por el viejo refrán: camina con sigilo y lleva un buen garrote. Y los SEAL de la Marina eran el mayor y el más duro garrote que podía llevar Estados Unidos.
En cuanto a la guerra, se estaba librando una colosal: la guerra contra el terrorismo.
-No me venga con ese rollo -Zac se apartó y se dirigió a la puerta de su piso apoyándose en el bastón.
-Ah, ¿mi opinión es un rollo? - Nessa se puso delante de él y le cortó el paso. Sus ojos despedían fuego verde.
-Lo que necesito es otra copa -anunció Zac-. Y con urgencia. Así que, si no le importa apartarse de mi camino...
Nessa cruzó los brazos y no se movió.
-Lo siento -dijo-. Reconozco que mi pregunta puede haber sonado un poco hostil, pero aun así no creo que sea un rollo.
Zac la miró fijamente.
-No estoy de humor para discutir -dijo-. Si le apetece entrar a tomar una copa, sírvase. Le encontraré algún vaso. Si quiere quedarse a pasar la noche... aún mejor. Hace mucho tiempo que no comparto la cama. Pero no tengo intención de quedarme aquí discutiendo con usted.
Nessa se sonrojó, pero no bajó la mirada. Ni la apartó.
-La intimidación es un arma poderosa, ¿verdad? -dijo-. Pero sé qué pretende y no le servirá de nada. No me intimida usted, teniente.
Zac dio un paso adelante de tal modo que invadió su espacio personal y la arrinconó contra la puerta cerrada.
-¿Y ahora? -preguntó-. ¿Está intimidada?
Nessa no lo estaba. Él lo notaba en sus ojos. Estaba enfadada, sin embargo.
-Qué típico -dijo ella-. Cuando la agresión psicológica no funciona, siempre recurren a la amenaza de la violencia física -le sonrió con dulzura-. Va usted de farol, soldadito. ¿Qué va a hacer ahora?
Zac miró su cara ovalada. Se había quedado sin ideas, aunque jamás lo admitiría ante ella. Se suponía que Nessa ya tendría que haber huido. Pero no lo había hecho. Seguía allí, mirándolo con enfado, con la nariz a unos centímetros de la suya
A primera vista, por su forma de vestir y su belleza límpida y fresca, Zac había pensado que era una niña, una adolescente. Pero, de cerca, distinguía leves arrugas en su cara, junto con una confianza y una sabiduría que no podía transmitir ninguna adolescente. Pese a su apariencia juvenil, aquella tal Vanessa Hudgens rondaba posiblemente su edad.
-Los SEAL de la Marina -explicó él, sin dejar de mirar sus extraños ojos pardos- son el grupo de operaciones especiales más selecto del ejército estadounidense. Operamos en tierra, mar y aire.
-Entiendo -dijo ella con una sonrisa-. Qué monada.
Tenía una sonrisa algo ladeada que la hacía parecer un poco boba. Sin duda sabía que aquella sonrisa estropeaba su perfecta belleza, pero ello no le impedía sonreír. De hecho, Zac habría apostado a que, boba o no, la sonrisa era la expresión preferida de aquella mujer.
Aun así, su sonrisa era dubitativa, como si no supiera si él se la merecía. Estaba inquieta, pero Zac no sabía si era por sus heridas o por su imponente estatura. En todo caso, no se sentía a gusto con él.
-«Monada» no es una palabra con la que se suela describir a una unidad de operaciones especiales.
-«Operaciones especiales» -repitió Nessa-. ¿Algo parecido a los boinas verdes o los comandos?
-Algo parecido -le dijo Zac mirándola a los ojos-. Sólo que es un cuerpo más sofisticado, más fuerte y más duro. Los SEAL estamos especializados en diversos campos. Todos somos excelentes tiradores y expertos en demoliciones tanto en tierra como en mar, podemos volar, conducir o navegar cualquier avión, reactor, tanque o embarcación. Y todos somos expertos en el uso de la tecnología militar más avanzada.
-Me da la impresión de que es usted un experto en hacer la guerra -la sonrisa bobalicona de
Nessa se había desvanecido, llevándose consigo la mayor parte del calor de sus ojos-. Un soldado profesional.
Zac asintió con la cabeza.
-Sí, eso es.
A ella no le gustaban los soldados. Ésa era la clave. Tenía gracia. Algunas mujeres se volvían locas por los militares. Y otras hacían lo imposible por evitarlos. Aquella tal
Vanessa Hudgens caía claramente en la segunda categoría.
-¿A qué se dedica cuando no hay guerra en la que luchar? ¿Empieza una usted solo?
Sus palabras eran deliberadamente hostiles. Zac sintió que se crispaba. No tenía que defenderse a sí mismo ni a su profesión delante de aquella chica, por muy bonita que fuera.
Se había encontrado con muchas como ella antes. Era políticamente correcto ser pacifista, apoyar la desmilitarización, defender el recorte de gastos de defensa... sin tener ni idea de la situación mundial.
Zac no tenía nada contra los pacifistas, en realidad. Creían verdaderamente en el poder de la negociación y en las conferencias de paz. Pero él se regía por el viejo refrán: camina con sigilo y lleva un buen garrote. Y los SEAL de la Marina eran el mayor y el más duro garrote que podía llevar Estados Unidos.
En cuanto a la guerra, se estaba librando una colosal: la guerra contra el terrorismo.
-No me venga con ese rollo -Zac se apartó y se dirigió a la puerta de su piso apoyándose en el bastón.
-Ah, ¿mi opinión es un rollo? - Nessa se puso delante de él y le cortó el paso. Sus ojos despedían fuego verde.
-Lo que necesito es otra copa -anunció Zac-. Y con urgencia. Así que, si no le importa apartarse de mi camino...
Nessa cruzó los brazos y no se movió.
-Lo siento -dijo-. Reconozco que mi pregunta puede haber sonado un poco hostil, pero aun así no creo que sea un rollo.
Zac la miró fijamente.
-No estoy de humor para discutir -dijo-. Si le apetece entrar a tomar una copa, sírvase. Le encontraré algún vaso. Si quiere quedarse a pasar la noche... aún mejor. Hace mucho tiempo que no comparto la cama. Pero no tengo intención de quedarme aquí discutiendo con usted.
Nessa se sonrojó, pero no bajó la mirada. Ni la apartó.
-La intimidación es un arma poderosa, ¿verdad? -dijo-. Pero sé qué pretende y no le servirá de nada. No me intimida usted, teniente.
Zac dio un paso adelante de tal modo que invadió su espacio personal y la arrinconó contra la puerta cerrada.
-¿Y ahora? -preguntó-. ¿Está intimidada?
Nessa no lo estaba. Él lo notaba en sus ojos. Estaba enfadada, sin embargo.
-Qué típico -dijo ella-. Cuando la agresión psicológica no funciona, siempre recurren a la amenaza de la violencia física -le sonrió con dulzura-. Va usted de farol, soldadito. ¿Qué va a hacer ahora?
Zac miró su cara ovalada. Se había quedado sin ideas, aunque jamás lo admitiría ante ella. Se suponía que Nessa ya tendría que haber huido. Pero no lo había hecho. Seguía allí, mirándolo con enfado, con la nariz a unos centímetros de la suya
jueves, 28 de octubre de 2010
continuacion del capitulo 2
Pero no era sólo el aspecto imponente del teniente Zachary lo que la hacía parecer una mocosa. Era también el hecho de que se tratara de un militar. A pesar de que no llevaba uniforme, allí de pie, delante de ella, con los hombros hacia atrás y la cabeza alta parecía la versión naval de un Geyperman. Era un soldado no por reclutamiento forzoso, sino por voluntad propia. Había elegido alistarse. Había decidido perpetuar todo cuanto, llevados por su oposición a la guerra, los padres de Nessa le habían enseñado a rechazar.
Su vecino seguía mirándola tan atentamente como ella a él.
-Tenía curiosidad -dijo. Su voz era grave y no tenía acento. No hablaba particularmente alto, pero sus palabras le llegaban con bastante claridad.
Nessa forzó una sonrisa.
-Claro.
-No se preocupe -dijo él, pero no le devolvió la sonrisa. De hecho, no había sonreído ni una sola vez desde que ella se había dado la vuelta para mirarlo por encima de la barandilla-. No hago ruido. No doy fiestas salvajes. No la molestaré. No me meteré en su vida y confío en que tenga la amabilidad de hacer lo mismo.
Inclinó la cabeza una sola vez y Nessa se dio cuenta de que acababa de despedirla. Con una sola inclinación de cabeza, la había despachado como si fuera una de sus reclutas.
Mientras ella lo miraba, el antiguo teniente de la Marina se dirigió a las escaleras.
Apoyaba en el bastón la mayor parte del peso de su cuerpo. Y cada paso que daba parecía lleno de dolor. ¿De veras iba a subir esas escaleras...?
Claro que sí. El complejo de apartamentos no estaba equipado con ascensores, ni escaleras mecánicas, ni cualquier otro sistema que permitiera acceder al segundo piso a los discapacitados. Y estaba claro que aquel hombre lo era.
Pero el teniente Zachary subió, escalón a escalón, penosamente. Usaba la barandilla de hierro y la parte superior de su cuerpo para ayudarse a avanzar, y subía los escalones prácticamente a la pata coja. Aun así, Nessa notó que cada movimiento le causaba un gran dolor. Cuando llegó a lo alto de la escalera, respiraba trabajosamente y tenía la cara cubierta por una película de sudor.
Nessa, como siempre, habló con el corazón, sin detenerse a pensar.
-Hay un piso en venta en la planta baja -dijo-. Quizá en la oficina de la comunidad puedan ayudarlo a cambiar su piso por el de... el de...
Él le lanzó una mirada abrasadora.
-¿Sigue aquí? -su voz era áspera y sus palabras, groseras. Pero, cuando volvió a levantar los ojos y los fijó por un instante en los de ella, ella distinguió en su mirada un sinfín de emociones. Rabia, desesperación, vergüenza. Una increíble cantidad de vergüenza.
Nessa tenía el corazón en la garganta.
-Lo siento -dijo, y bajó casi involuntariamente la mirada hacia su pierna herida-. No quería...
Él se situó justo debajo de una de las luces del corredor y levantó un poco la pierna derecha.
-Bonito, ¿eh? -dijo.
Su rodilla era una encrucijada de cicatrices. La articulación parecía hinchada y congestionada. Nessa tragó saliva.
-¿Qué...? -dijo, y se aclaró la garganta-. ¿Qué le pasó?
Levantó la mirada y vio que los ojos del teniente eran de un extraño tono de azul. De un azul oscuro, casi negro. Y estaban rodeados por las pestañas más largas y densas que Nessa había visto nunca en un hombre.
De cerca, y a pesar de la pátina de sudor que cubría su cara, Nessa se convenció de que el teniente Zachary Efron era el hombre más atractivo que había visto en sus veintisiete anos de vida.
Su pelo era rubio oscuro. No era el rubio opaco típico, sino más bien un castaño claro con mechones y destellos dorados, y hasta algunos reflejos pelirrojos que relucían al sol. Tenía la nariz grande, pero no demasiado para su cara, y ligeramente aguileña. Su boca era ancha.
Nessa deseó verlo sonreír.
Qué sonrisa tendría, con aquella boca tan generosa. Tenía las típicas líneas de expresión junto a las comisuras de la boca y de los ojos características de las personas que ríen a menudo, pero en ese momento sus facciones estaban tensas por el dolor y la furia.
-Me hirieron -dijo él con brusquedad-. Durante una operación militar.
Había estado bebiendo. Nessa estaba lo bastante cerca como para distinguir el olor a whisky en su aliento. Dio un paso atrás.
-¿Una... operación militar?
-Sí -contestó él.
-Debió de ser... horrible -dijo ella-. Pero... no sabía que Estados Unidos hubieran participado en batallas navales últimamente.
-Me hirieron durante una operación contraterrorista de rescate en el centro de Bagdad -respondió Zac.
-¿No está Bagdad un poco lejos del mar para un marino?
-Soy SEAL de la Marina -dijo él. Luego sus labios se torcieron en una mueca agria, semejante a una sonrisa-. «Era» SEAL de la Marina -puntualizó.
Zac se dio cuenta de que ella no sabía qué quería decir. Lo miraba con asombro en sus ojos de extraño color. Eran de un tono claro, entre marrón y verde, con un cerco marrón oscuro en el borde del iris. Eran ligeramente rasgados y exóticos, como si, quizás en la generación de sus abuelos, hubiera habido sangre asiática o polinesia. O hawaiana. Eso era. Parecía levemente hawaiana. Sus pómulos, altos y anchos, realzaban aquel efecto. La nariz era pequeña y delicada, igual que sus labios. Su piel, tersa y clara, tenía un delicioso bronceado. Llevaba el pelo largo y rizado recogido en una coleta y un ligero flequillo suavizaba los rasgos de su cara. Tenía el pelo tan largo que, si se lo dejaba suelto, llegaría hasta las caderas.
Su vecino seguía mirándola tan atentamente como ella a él.
-Tenía curiosidad -dijo. Su voz era grave y no tenía acento. No hablaba particularmente alto, pero sus palabras le llegaban con bastante claridad.
Nessa forzó una sonrisa.
-Claro.
-No se preocupe -dijo él, pero no le devolvió la sonrisa. De hecho, no había sonreído ni una sola vez desde que ella se había dado la vuelta para mirarlo por encima de la barandilla-. No hago ruido. No doy fiestas salvajes. No la molestaré. No me meteré en su vida y confío en que tenga la amabilidad de hacer lo mismo.
Inclinó la cabeza una sola vez y Nessa se dio cuenta de que acababa de despedirla. Con una sola inclinación de cabeza, la había despachado como si fuera una de sus reclutas.
Mientras ella lo miraba, el antiguo teniente de la Marina se dirigió a las escaleras.
Apoyaba en el bastón la mayor parte del peso de su cuerpo. Y cada paso que daba parecía lleno de dolor. ¿De veras iba a subir esas escaleras...?
Claro que sí. El complejo de apartamentos no estaba equipado con ascensores, ni escaleras mecánicas, ni cualquier otro sistema que permitiera acceder al segundo piso a los discapacitados. Y estaba claro que aquel hombre lo era.
Pero el teniente Zachary subió, escalón a escalón, penosamente. Usaba la barandilla de hierro y la parte superior de su cuerpo para ayudarse a avanzar, y subía los escalones prácticamente a la pata coja. Aun así, Nessa notó que cada movimiento le causaba un gran dolor. Cuando llegó a lo alto de la escalera, respiraba trabajosamente y tenía la cara cubierta por una película de sudor.
Nessa, como siempre, habló con el corazón, sin detenerse a pensar.
-Hay un piso en venta en la planta baja -dijo-. Quizá en la oficina de la comunidad puedan ayudarlo a cambiar su piso por el de... el de...
Él le lanzó una mirada abrasadora.
-¿Sigue aquí? -su voz era áspera y sus palabras, groseras. Pero, cuando volvió a levantar los ojos y los fijó por un instante en los de ella, ella distinguió en su mirada un sinfín de emociones. Rabia, desesperación, vergüenza. Una increíble cantidad de vergüenza.
Nessa tenía el corazón en la garganta.
-Lo siento -dijo, y bajó casi involuntariamente la mirada hacia su pierna herida-. No quería...
Él se situó justo debajo de una de las luces del corredor y levantó un poco la pierna derecha.
-Bonito, ¿eh? -dijo.
Su rodilla era una encrucijada de cicatrices. La articulación parecía hinchada y congestionada. Nessa tragó saliva.
-¿Qué...? -dijo, y se aclaró la garganta-. ¿Qué le pasó?
Levantó la mirada y vio que los ojos del teniente eran de un extraño tono de azul. De un azul oscuro, casi negro. Y estaban rodeados por las pestañas más largas y densas que Nessa había visto nunca en un hombre.
De cerca, y a pesar de la pátina de sudor que cubría su cara, Nessa se convenció de que el teniente Zachary Efron era el hombre más atractivo que había visto en sus veintisiete anos de vida.
Su pelo era rubio oscuro. No era el rubio opaco típico, sino más bien un castaño claro con mechones y destellos dorados, y hasta algunos reflejos pelirrojos que relucían al sol. Tenía la nariz grande, pero no demasiado para su cara, y ligeramente aguileña. Su boca era ancha.
Nessa deseó verlo sonreír.
Qué sonrisa tendría, con aquella boca tan generosa. Tenía las típicas líneas de expresión junto a las comisuras de la boca y de los ojos características de las personas que ríen a menudo, pero en ese momento sus facciones estaban tensas por el dolor y la furia.
-Me hirieron -dijo él con brusquedad-. Durante una operación militar.
Había estado bebiendo. Nessa estaba lo bastante cerca como para distinguir el olor a whisky en su aliento. Dio un paso atrás.
-¿Una... operación militar?
-Sí -contestó él.
-Debió de ser... horrible -dijo ella-. Pero... no sabía que Estados Unidos hubieran participado en batallas navales últimamente.
-Me hirieron durante una operación contraterrorista de rescate en el centro de Bagdad -respondió Zac.
-¿No está Bagdad un poco lejos del mar para un marino?
-Soy SEAL de la Marina -dijo él. Luego sus labios se torcieron en una mueca agria, semejante a una sonrisa-. «Era» SEAL de la Marina -puntualizó.
Zac se dio cuenta de que ella no sabía qué quería decir. Lo miraba con asombro en sus ojos de extraño color. Eran de un tono claro, entre marrón y verde, con un cerco marrón oscuro en el borde del iris. Eran ligeramente rasgados y exóticos, como si, quizás en la generación de sus abuelos, hubiera habido sangre asiática o polinesia. O hawaiana. Eso era. Parecía levemente hawaiana. Sus pómulos, altos y anchos, realzaban aquel efecto. La nariz era pequeña y delicada, igual que sus labios. Su piel, tersa y clara, tenía un delicioso bronceado. Llevaba el pelo largo y rizado recogido en una coleta y un ligero flequillo suavizaba los rasgos de su cara. Tenía el pelo tan largo que, si se lo dejaba suelto, llegaría hasta las caderas.
miércoles, 27 de octubre de 2010
CAPITULO 2
Había luz en el 2°C.
Vanessa Hudgens se detuvo en el aparcamiento, con los brazos cansados de llevar las bolsas de la compra, y miró la ventana del piso de la segunda planta contiguo al suyo.
El 2°C llevaba tantos años vacío y a oscuras que Nessa había empezado a creer que su propietario jamás volvería a casa. Pero su propietario, fuera quien fuese, estaba allí esa noche.
Nessa sabía que el dueño del 2°C era, en efecto, un hombre. Agarró algo mejor las asas de sus bolsas de tela y se dirigió a las escaleras de cemento exteriores que llevaban a su piso en la segunda planta. Su nombre era Zachary Efron teniente retirado de Marina. Nessa lo había visto en el listín de la comunidad de propietarios y en las pocas cartas de publicidad que conseguían pasar la criba de la oficina de correos.
Hasta donde Nessa sabía, su vecino de al lado era un oficial de la Marina jubilado. Como sólo disponía de su nombre y su rango, el resto lo había dejado a su imaginación. Zac era posiblemente un hombre mayor, quizás incluso un anciano. Tal vez hubiera servido en la Segunda Guerra Mundial. O quizás hubiera combatido en Corea o Vietnam.
Fuera como fuese, Nessa estaba ansiosa por conocerlo. En septiembre, sus alumnos de segundo de bachillerato empezaban a estudiar historia de Estados Unidos desde el crack de 1929 hasta el final de la guerra de Vietnam. Con un poco de suerte, el teniente retirado Zachary Efron estaría dispuesto a ir a dar una charla a sus alumnos, a contarles su historia, a narrarles sus vivencias de la guerra en la que había servido.
Porque ése era el problema con el estudio de las guerras. Hasta que no se comprendía como vivencia personal, no se comprendía en absoluto.
Vanessa abrió la puerta de su piso, metió dentro las bolsas y cerró la puerta con el pie. Guardó las bolsas en el pequeño armario de los cepillos, se miró en el espejo y se enderezó la coleta alta en la que llevaba recogido la melena oscura.
Luego volvió a salir al corredor abierto que comunicaba todos los pisos de la segunda planta del edificio.
Las letras de la puerta, 2°C, estaban ligeramente oxidadas, pero aun así, y a pesar de la puerta mosquitera, reflejaban los focos del patio. Sin darse tiempo para sentirse nerviosa o apocada, Nessa pulsó el timbre.
Lo oyó sonar dentro del apartamento. Las cortinas del cuarto de estar estaban abiertas y dentro había luz, así que echó un vistazo.
Arquitectónicamente, el piso era como la imagen en un espejo de su propia casa. Un pequeño cuarto de estar unido a una minúscula zona de comedor, que, doblando una esquina, conectaba con una cocinita. Otro corto pasillo conducía desde el cuarto de estar a los dos pequeños dormitorios y el cuarto de baño. Era exactamente igual que su piso, salvo que las habitaciones estaban dispuestas en dirección contraria.
Los muebles del teniente Zachary eran también lo contrario a los suyos. Nessa había decorado su cuarto de estar con bambú y colores ligeros y alegres. El del teniente Zachary estaba lleno de muebles oscuros, de aspecto ligeramente desvencijado y que no hacían juego entre sí. El sofá era de cuadros verdes oscuros, y la funda estaba muy ajada. La moqueta era del mismo tono verde bosque que la de Nessa cuando se había mudado allí, tres años atrás. Pero ella la había cambiado inmediatamente.
Volvió a apretar el timbre. Pero no hubo respuesta. Abrió la puerta mosquitera y llamó a la puerta con energía, pensando que, si el teniente Zachary era un hombre mayor, tal vez fuera duro de oído...
-¿Busca a alguien?
Nessa se volvió de golpe, sobresaltada, y la mosquitera se cerró con estruendo. Pero no había nadie en el corredor.
-Estoy aquí abajo.
La voz procedía del patio y, cómo no, había un hombre de pie entre las sombras. Nessa se acercó a la barandilla.
-Busco al teniente Zachary -dijo. Él dio un paso adelante y salió a la luz.
-Vaya, qué suerte la suya. Ya lo ha encontrado.
Nessa se quedó mirándolo fijamente. Sabía que tenía la mirada clavada en él, pero no podía evitarlo.
Zachary Efron, teniente retirado de la Armada, no era un hombrecillo entrado en años. Era sólo algo mayor que ella. Tenía, como mucho, poco más de treinta años. Era joven, alto y fuerte como un tanque. La camiseta sin mangas que llevaba dejaba al descubierto sus hombros y brazos musculosos, y apenas cubría su pecho de aspecto recio.
Tenía el pelo rubio oscuro y muy corto, casi al estilo militar. Su mandíbula era cuadrada; sus facciones, duras y ásperas y su rostro, atractivo e imponente.
Nessa no distinguía de qué color eran sus ojos, sólo sabía que eran intensos y que la examinaban tan cuidadosamente como los de ella a él.
El teniente dio otro paso adelante y Nessa notó que cojeaba y que se apoyaba pesadamente en un bastón.
-¿Quería algo, aparte de echarme un vistazo? -preguntó él.
Sus piernas seguían entre las sombras, pero la luz iluminaba sus brazos. Y sus tatuajes. Uno en cada brazo. Un ancla en uno y algo que parecía una sirena en el otro. Nessa volvió a fijar la mirada en su cara.
-Esto... yo... -dijo-. Sólo quería... decirle hola. Soy Vanessa Hudgens. La vecina de al lado -añadió débilmente.
Parecía tímida y torpe, como una de sus alumnas adolescentes.
Vanessa Hudgens se detuvo en el aparcamiento, con los brazos cansados de llevar las bolsas de la compra, y miró la ventana del piso de la segunda planta contiguo al suyo.
El 2°C llevaba tantos años vacío y a oscuras que Nessa había empezado a creer que su propietario jamás volvería a casa. Pero su propietario, fuera quien fuese, estaba allí esa noche.
Nessa sabía que el dueño del 2°C era, en efecto, un hombre. Agarró algo mejor las asas de sus bolsas de tela y se dirigió a las escaleras de cemento exteriores que llevaban a su piso en la segunda planta. Su nombre era Zachary Efron teniente retirado de Marina. Nessa lo había visto en el listín de la comunidad de propietarios y en las pocas cartas de publicidad que conseguían pasar la criba de la oficina de correos.
Hasta donde Nessa sabía, su vecino de al lado era un oficial de la Marina jubilado. Como sólo disponía de su nombre y su rango, el resto lo había dejado a su imaginación. Zac era posiblemente un hombre mayor, quizás incluso un anciano. Tal vez hubiera servido en la Segunda Guerra Mundial. O quizás hubiera combatido en Corea o Vietnam.
Fuera como fuese, Nessa estaba ansiosa por conocerlo. En septiembre, sus alumnos de segundo de bachillerato empezaban a estudiar historia de Estados Unidos desde el crack de 1929 hasta el final de la guerra de Vietnam. Con un poco de suerte, el teniente retirado Zachary Efron estaría dispuesto a ir a dar una charla a sus alumnos, a contarles su historia, a narrarles sus vivencias de la guerra en la que había servido.
Porque ése era el problema con el estudio de las guerras. Hasta que no se comprendía como vivencia personal, no se comprendía en absoluto.
Vanessa abrió la puerta de su piso, metió dentro las bolsas y cerró la puerta con el pie. Guardó las bolsas en el pequeño armario de los cepillos, se miró en el espejo y se enderezó la coleta alta en la que llevaba recogido la melena oscura.
Luego volvió a salir al corredor abierto que comunicaba todos los pisos de la segunda planta del edificio.
Las letras de la puerta, 2°C, estaban ligeramente oxidadas, pero aun así, y a pesar de la puerta mosquitera, reflejaban los focos del patio. Sin darse tiempo para sentirse nerviosa o apocada, Nessa pulsó el timbre.
Lo oyó sonar dentro del apartamento. Las cortinas del cuarto de estar estaban abiertas y dentro había luz, así que echó un vistazo.
Arquitectónicamente, el piso era como la imagen en un espejo de su propia casa. Un pequeño cuarto de estar unido a una minúscula zona de comedor, que, doblando una esquina, conectaba con una cocinita. Otro corto pasillo conducía desde el cuarto de estar a los dos pequeños dormitorios y el cuarto de baño. Era exactamente igual que su piso, salvo que las habitaciones estaban dispuestas en dirección contraria.
Los muebles del teniente Zachary eran también lo contrario a los suyos. Nessa había decorado su cuarto de estar con bambú y colores ligeros y alegres. El del teniente Zachary estaba lleno de muebles oscuros, de aspecto ligeramente desvencijado y que no hacían juego entre sí. El sofá era de cuadros verdes oscuros, y la funda estaba muy ajada. La moqueta era del mismo tono verde bosque que la de Nessa cuando se había mudado allí, tres años atrás. Pero ella la había cambiado inmediatamente.
Volvió a apretar el timbre. Pero no hubo respuesta. Abrió la puerta mosquitera y llamó a la puerta con energía, pensando que, si el teniente Zachary era un hombre mayor, tal vez fuera duro de oído...
-¿Busca a alguien?
Nessa se volvió de golpe, sobresaltada, y la mosquitera se cerró con estruendo. Pero no había nadie en el corredor.
-Estoy aquí abajo.
La voz procedía del patio y, cómo no, había un hombre de pie entre las sombras. Nessa se acercó a la barandilla.
-Busco al teniente Zachary -dijo. Él dio un paso adelante y salió a la luz.
-Vaya, qué suerte la suya. Ya lo ha encontrado.
Nessa se quedó mirándolo fijamente. Sabía que tenía la mirada clavada en él, pero no podía evitarlo.
Zachary Efron, teniente retirado de la Armada, no era un hombrecillo entrado en años. Era sólo algo mayor que ella. Tenía, como mucho, poco más de treinta años. Era joven, alto y fuerte como un tanque. La camiseta sin mangas que llevaba dejaba al descubierto sus hombros y brazos musculosos, y apenas cubría su pecho de aspecto recio.
Tenía el pelo rubio oscuro y muy corto, casi al estilo militar. Su mandíbula era cuadrada; sus facciones, duras y ásperas y su rostro, atractivo e imponente.
Nessa no distinguía de qué color eran sus ojos, sólo sabía que eran intensos y que la examinaban tan cuidadosamente como los de ella a él.
El teniente dio otro paso adelante y Nessa notó que cojeaba y que se apoyaba pesadamente en un bastón.
-¿Quería algo, aparte de echarme un vistazo? -preguntó él.
Sus piernas seguían entre las sombras, pero la luz iluminaba sus brazos. Y sus tatuajes. Uno en cada brazo. Un ancla en uno y algo que parecía una sirena en el otro. Nessa volvió a fijar la mirada en su cara.
-Esto... yo... -dijo-. Sólo quería... decirle hola. Soy Vanessa Hudgens. La vecina de al lado -añadió débilmente.
Parecía tímida y torpe, como una de sus alumnas adolescentes.
martes, 26 de octubre de 2010
Continuacion
-¿Marcharme? -dijo Zac. Se echó a reír, pero no había humor en su risa-. No puedo marcharme porque ya me han puesto de patitas en la calle. ¿No, capitán Horowitz? Tengo que estar fuera de aquí a las dos en punto.
Se hizo un silencio, un silencio que cayó sobre ellos, denso, inmóvil y palpable.
-Lo siento -dijo por fin el médico-. Debo hacer lo más conveniente para usted y para este centro. Debemos usar su cama para alguien que realmente la necesite. Y usted debe dar un descanso a su rodilla antes de que se haga más daño. La solución obvia era mandarlo a casa.
Algún día, me dará las gracias por esto.
La puerta emitió un chasquido al cerrarse tras él.
Zac miró a Joe.
-Puedes decirle a la Armada que sólo estoy dispuesto a aceptar la vuelta al servicio activo -dijo con rotundidad-. No voy a dedicarme a enseñar.
Los ojos oscuros del más alto de los dos reflejaron culpa y compasión.
-Lo siento -dijo Joe en voz baja.
Zac miró con rabia el reloj de la pared. Era casi mediodía. Dentro de dos horas, tendría que recoger sus cosas y marcharse. Dentro de dos horas, ya no sería una SEAL de la Marina apartado temporalmente del servicio activo mientras se recuperaba de una lesión grave. Sería Zachary Efron, ex teniente de los SEAL de la Marina. Un civil sin ningún sitio adonde ir, sin nada que hacer.
La ira golpeó sus entrañas como un mazazo. Cinco años atrás, rara vez experimentaba aquella sensación.
Era un hombre tranquilo y despreocupado. Ahora, en cambio, rara vez sentía algo que no fuera rabia.
Un momento... Sí que tenía adonde ir. Su ira se apaciguó un poco. Había seguido pagando su pequeño piso de San Felipe, el modesto barrio que había junto a la base naval. Pero, una vez llegara a San Felipe, ¿qué haría? No tenía, en realidad, nada que hacer.
No tener nada que hacer era peor que no tener adonde ir. ¿Qué iba a hacer? ¿Pasarse todo el día sentado, viendo la tele y coleccionando los cheques de la pensión por incapacidad? La rabia volvió a apoderarse de él. Esa vez, se alojó en su garganta y pareció cerrarla.
-No puedo pagarme la fisioterapia que he estado haciendo aquí, en el hospital -dijo, intentando impedir que la desesperación resonara en su voz.
-Quizá deberías hacer caso a Steve -contestó Joe-, y dar un descanso a tu pierna.
Era fácil decirlo. Joe iba a salir del hospital sin bastón, sin cojear, sin que su vida entera se hubiera hecho añicos. Joe iba a volver a la casa que compartía con su bella esposa, embarazada de su primer hijo. Iba a cenar con Verónica y seguramente luego le haría el amor y se quedaría dormido entre sus brazos. Y por la mañana se levantaría, iría a correr, se daría una ducha, se afeitaría y se vestiría y se incorporaría a su puesto de oficial en jefe del Equipo 10 de la Brigada Alfa.
Joe lo tenía todo.
Zac sólo tenía un piso vacío en un barrio degradado de la ciudad.
-Enhorabuena por lo del bebé -dijo, e intentó con todas sus fuerzas parecer sincero. Luego salió cojeando de la habitación.
Se hizo un silencio, un silencio que cayó sobre ellos, denso, inmóvil y palpable.
-Lo siento -dijo por fin el médico-. Debo hacer lo más conveniente para usted y para este centro. Debemos usar su cama para alguien que realmente la necesite. Y usted debe dar un descanso a su rodilla antes de que se haga más daño. La solución obvia era mandarlo a casa.
Algún día, me dará las gracias por esto.
La puerta emitió un chasquido al cerrarse tras él.
Zac miró a Joe.
-Puedes decirle a la Armada que sólo estoy dispuesto a aceptar la vuelta al servicio activo -dijo con rotundidad-. No voy a dedicarme a enseñar.
Los ojos oscuros del más alto de los dos reflejaron culpa y compasión.
-Lo siento -dijo Joe en voz baja.
Zac miró con rabia el reloj de la pared. Era casi mediodía. Dentro de dos horas, tendría que recoger sus cosas y marcharse. Dentro de dos horas, ya no sería una SEAL de la Marina apartado temporalmente del servicio activo mientras se recuperaba de una lesión grave. Sería Zachary Efron, ex teniente de los SEAL de la Marina. Un civil sin ningún sitio adonde ir, sin nada que hacer.
La ira golpeó sus entrañas como un mazazo. Cinco años atrás, rara vez experimentaba aquella sensación.
Era un hombre tranquilo y despreocupado. Ahora, en cambio, rara vez sentía algo que no fuera rabia.
Un momento... Sí que tenía adonde ir. Su ira se apaciguó un poco. Había seguido pagando su pequeño piso de San Felipe, el modesto barrio que había junto a la base naval. Pero, una vez llegara a San Felipe, ¿qué haría? No tenía, en realidad, nada que hacer.
No tener nada que hacer era peor que no tener adonde ir. ¿Qué iba a hacer? ¿Pasarse todo el día sentado, viendo la tele y coleccionando los cheques de la pensión por incapacidad? La rabia volvió a apoderarse de él. Esa vez, se alojó en su garganta y pareció cerrarla.
-No puedo pagarme la fisioterapia que he estado haciendo aquí, en el hospital -dijo, intentando impedir que la desesperación resonara en su voz.
-Quizá deberías hacer caso a Steve -contestó Joe-, y dar un descanso a tu pierna.
Era fácil decirlo. Joe iba a salir del hospital sin bastón, sin cojear, sin que su vida entera se hubiera hecho añicos. Joe iba a volver a la casa que compartía con su bella esposa, embarazada de su primer hijo. Iba a cenar con Verónica y seguramente luego le haría el amor y se quedaría dormido entre sus brazos. Y por la mañana se levantaría, iría a correr, se daría una ducha, se afeitaría y se vestiría y se incorporaría a su puesto de oficial en jefe del Equipo 10 de la Brigada Alfa.
Joe lo tenía todo.
Zac sólo tenía un piso vacío en un barrio degradado de la ciudad.
-Enhorabuena por lo del bebé -dijo, e intentó con todas sus fuerzas parecer sincero. Luego salió cojeando de la habitación.
lunes, 25 de octubre de 2010
Continuacion
-Sus progresos han empezado a disminuir -añadió el doctor-. Se lo he dicho otras veces, pero parece que no lo entiende. El dolor es una señal que el cuerpo manda al cerebro diciéndole que algo va mal. El hecho de que le duela la rodilla no significaba que deba esforzarse más. Significa que debe aflojar. Sentarse. Darse un descanso. Si sigue excediéndose así, teniente, en agosto volverá a estar en una silla de ruedas.
-Nunca volveré a estar en una silla de ruedas, señor -a pesar de que había empleado la palabra «señor», el tono y la actitud de Zac daban a entender una palabra completamente distinta y mucho menos halagüeña.
-Si no quiere pasarse el resto de su vida sentado, será mejor que deje de castigar una articulación que ya está suficientemente dañada -replicó el doctor Ho-rowitz. Luego suspiró, respiró hondo y volvió a bajar la voz-. Mire, Zac, no quiero discutir con usted. ¿Por qué no se conforma con tenerse en pie? Puede caminar. Con bastón, claro, pero...
-Voy a correr -dijo Zac-. No pienso darme por vencido hasta que pueda correr.
-No puede correr -respondió sin rodeos Steven Horowitz-. Esa rodilla no puede con el peso de su cuerpo. Ni siquiera podrá estirarla del todo. Como máximo, conseguirá saltar a la pata coja, y con torpeza.
-Entonces necesito otra operación.
-Lo que necesita es seguir adelante con su vida.
-Mi vida exige que pueda correr -dijo Zac con vehemencia-. No conozco a muchos SEAL en servicio activo, que vayan por ahí con un bastón. ¿Usted sí? .
El doctor Horowitz sacudió la cabeza y miró a Joe en busca de ayuda. Pero Joe no dijo una palabra.
-Lleva cinco años entrando y saliendo de hospitales y centros de rehabilitación -dijo el médico a Zac-. Ya no es un chaval de veinte años, Zac. La verdad es que los SEAL ya no lo necesitan. Hay chicos recién salidos de los cursos de entrenamiento que le darían mil vueltas aunque pudiera correr. ¿De veras cree que los mandos van a querer que vuelva un tipo mayor y con una rodilla destrozada?
Zac mantuvo el semblante cuidadosamente inexpresivo.
-Muchas gracias, hombre -respondió con voz crispada mientras miraba por la ventana sin ver nada-. Agradezco su voto de confianza.
Joe se removió en su asiento.
-Lo que ha dicho Steve es duro de aceptar... y no del todo cierto -dijo-. Nosotros, los viejos, los que tenemos más de treinta años, poseemos una experiencia que les falta a los novatos, y que suele convertirnos en mejores SEAL. Pero tiene razón en una cosa: llevas media década fuera de servicio. No sólo tendrías que superar las desventajas físicas, como si no fueran suficientes. Tendrías que ponerte al día de los avances tecnológicos, aprender las nuevas directrices...
-Dése un respiro -insistió el doctor Horowitz. Prisco volvió la cabeza y lo miró directamente.
-No -dijo. Miró también a Joe-. Nada de respiros. No, hasta que pueda caminar sin bastón. No, hasta que vuelva a correr dos kilómetros en seis minutos.
El doctor levantó los ojos al cielo, exasperado, se levantó y echó a andar hacia la puerta.
-¿Dos kilómetros en seis minutos? Olvídelo. Es imposible.
Zac miró de nuevo por la ventana.
-Capitán, también dijo usted que no volvería a andar.
Horowitz se dio la vuelta.
-Esto es distinto, teniente. La verdad, la crea usted o no, es que los esfuerzos físicos a los que se está sometiendo, más que hacerle bien, están dañando su rodilla.
Zac no se volvió. Permaneció en silencio, mirando las flores que mecía suavemente la brisa.
-Como SEAL, puede dedicarse a otras cosas -añadió el doctor con más delicadeza-. Hay trabajos de oficina...
Zac se volvió bruscamente, enfurecido.
-Soy experto en diez modos distintos de combate, ¿y quiere convertirme en una especie de chupatintas?
-Zac...
Joe se puso en pie.
-Tienes que tomarte al menos algún tiempo para sopesar tus alternativas -dijo-. No digas que no hasta que te lo hayas pensado bien.
Zac lo miró con horror apenas disimulado. Cinco años atrás, solían bromear con la posibilidad de resultar heridos y acabar formando parte del personal de administración. Era un destino peor que la muerte, o eso habían dicho entonces.
-¿Pretendes que me piense si quiero convertirme en un funcionario? -dijo.
-Podrías aprender.
Zac sacudió la cabeza, lleno de incredulidad.
-Es perfecto, tío. ¿Me ves escribiendo en una pizarra? -sacudió de nuevo la cabeza, asqueado-. Creía que tú mejor que nadie entenderías por qué no puedo hacerlo.
-Seguirías siendo una SEAL -insistió Joe-. Tu única opción es ésa, o aceptar el retiro permanente. Alguien tiene que enseñar a sobrevivir a esos chavales. ¿Por qué no puedes ser tú?
-Porque yo he estado en plena acción -respondió Zac casi gritando-. Sé cómo son las cosas. Y quiero volver allí, quiero estar allí. Quiero actuar, no enseñar. ¡Maldita sea!
-La Armada no quiere perderte -dijo Joe con voz baja e intensa-. Han pasado cinco años y no ha vuelto a haber nadie en las unidades que te supere en el combate estratégico. Puedes marcharte, claro. Puede pasar el resto de tu vida intentando recuperar lo que tenías, encerrarte en tu casa y sentir lástima de ti mismo. O puedes transmitir tus conocimientos a las nuevas generaciones de SEAL.
-Nunca volveré a estar en una silla de ruedas, señor -a pesar de que había empleado la palabra «señor», el tono y la actitud de Zac daban a entender una palabra completamente distinta y mucho menos halagüeña.
-Si no quiere pasarse el resto de su vida sentado, será mejor que deje de castigar una articulación que ya está suficientemente dañada -replicó el doctor Ho-rowitz. Luego suspiró, respiró hondo y volvió a bajar la voz-. Mire, Zac, no quiero discutir con usted. ¿Por qué no se conforma con tenerse en pie? Puede caminar. Con bastón, claro, pero...
-Voy a correr -dijo Zac-. No pienso darme por vencido hasta que pueda correr.
-No puede correr -respondió sin rodeos Steven Horowitz-. Esa rodilla no puede con el peso de su cuerpo. Ni siquiera podrá estirarla del todo. Como máximo, conseguirá saltar a la pata coja, y con torpeza.
-Entonces necesito otra operación.
-Lo que necesita es seguir adelante con su vida.
-Mi vida exige que pueda correr -dijo Zac con vehemencia-. No conozco a muchos SEAL en servicio activo, que vayan por ahí con un bastón. ¿Usted sí? .
El doctor Horowitz sacudió la cabeza y miró a Joe en busca de ayuda. Pero Joe no dijo una palabra.
-Lleva cinco años entrando y saliendo de hospitales y centros de rehabilitación -dijo el médico a Zac-. Ya no es un chaval de veinte años, Zac. La verdad es que los SEAL ya no lo necesitan. Hay chicos recién salidos de los cursos de entrenamiento que le darían mil vueltas aunque pudiera correr. ¿De veras cree que los mandos van a querer que vuelva un tipo mayor y con una rodilla destrozada?
Zac mantuvo el semblante cuidadosamente inexpresivo.
-Muchas gracias, hombre -respondió con voz crispada mientras miraba por la ventana sin ver nada-. Agradezco su voto de confianza.
Joe se removió en su asiento.
-Lo que ha dicho Steve es duro de aceptar... y no del todo cierto -dijo-. Nosotros, los viejos, los que tenemos más de treinta años, poseemos una experiencia que les falta a los novatos, y que suele convertirnos en mejores SEAL. Pero tiene razón en una cosa: llevas media década fuera de servicio. No sólo tendrías que superar las desventajas físicas, como si no fueran suficientes. Tendrías que ponerte al día de los avances tecnológicos, aprender las nuevas directrices...
-Dése un respiro -insistió el doctor Horowitz. Prisco volvió la cabeza y lo miró directamente.
-No -dijo. Miró también a Joe-. Nada de respiros. No, hasta que pueda caminar sin bastón. No, hasta que vuelva a correr dos kilómetros en seis minutos.
El doctor levantó los ojos al cielo, exasperado, se levantó y echó a andar hacia la puerta.
-¿Dos kilómetros en seis minutos? Olvídelo. Es imposible.
Zac miró de nuevo por la ventana.
-Capitán, también dijo usted que no volvería a andar.
Horowitz se dio la vuelta.
-Esto es distinto, teniente. La verdad, la crea usted o no, es que los esfuerzos físicos a los que se está sometiendo, más que hacerle bien, están dañando su rodilla.
Zac no se volvió. Permaneció en silencio, mirando las flores que mecía suavemente la brisa.
-Como SEAL, puede dedicarse a otras cosas -añadió el doctor con más delicadeza-. Hay trabajos de oficina...
Zac se volvió bruscamente, enfurecido.
-Soy experto en diez modos distintos de combate, ¿y quiere convertirme en una especie de chupatintas?
-Zac...
Joe se puso en pie.
-Tienes que tomarte al menos algún tiempo para sopesar tus alternativas -dijo-. No digas que no hasta que te lo hayas pensado bien.
Zac lo miró con horror apenas disimulado. Cinco años atrás, solían bromear con la posibilidad de resultar heridos y acabar formando parte del personal de administración. Era un destino peor que la muerte, o eso habían dicho entonces.
-¿Pretendes que me piense si quiero convertirme en un funcionario? -dijo.
-Podrías aprender.
Zac sacudió la cabeza, lleno de incredulidad.
-Es perfecto, tío. ¿Me ves escribiendo en una pizarra? -sacudió de nuevo la cabeza, asqueado-. Creía que tú mejor que nadie entenderías por qué no puedo hacerlo.
-Seguirías siendo una SEAL -insistió Joe-. Tu única opción es ésa, o aceptar el retiro permanente. Alguien tiene que enseñar a sobrevivir a esos chavales. ¿Por qué no puedes ser tú?
-Porque yo he estado en plena acción -respondió Zac casi gritando-. Sé cómo son las cosas. Y quiero volver allí, quiero estar allí. Quiero actuar, no enseñar. ¡Maldita sea!
-La Armada no quiere perderte -dijo Joe con voz baja e intensa-. Han pasado cinco años y no ha vuelto a haber nadie en las unidades que te supere en el combate estratégico. Puedes marcharte, claro. Puede pasar el resto de tu vida intentando recuperar lo que tenías, encerrarte en tu casa y sentir lástima de ti mismo. O puedes transmitir tus conocimientos a las nuevas generaciones de SEAL.
jueves, 21 de octubre de 2010
continuacion del capitulo 1
Joe sonrió.
-La verdad es que estoy muy bien. La que está asustada es Ronnie. Lee todo lo que cae en sus manos sobre el embarazo y los bebés. Y creo que los libros la están asustando todavía más.
-Santo cielo, un niño -repitió Zac-. ¿Vais a llamarlo Joe Cat Júnior?
-Yo quiero una niña -reconoció Joe. Su sonrisa se suavizó-. Una pelirroja, como su madre.
-Bueno, ¿y qué es lo demás? -preguntó Zac. Al ver la mirada de sorpresa de Joe, añadió-: Has dicho que sólo era en parte una visita de cortesía. Eso significa que hay algo más. ¿A qué has venido, aparte de eso?
-Ah, sí. Steve Horowitz me llamó para pedirme que estuviera presente cuando hablara contigo.
Zac se tensó de inmediato mientras se ponía la camiseta. Steve Horowitz era su médico. ¿Para qué quería que Joe estuviera allí cuando hablara con él?
-¿Por qué?
Joe no dijo nada, pero su sonrisa se desvaneció.
-Al fondo del pasillo hay una sala de oficiales -dijo-. Steve dijo que hablaríamos allí.
Una charla en la sala de oficiales. Aquello era aún más serio de lo que Zac había imaginado.
-Está bien -dijo con calma. Era absurdo presionar a Joe. Sabía que su antiguo jefe no le diría nada hasta que apareciera Steve.
-¿Cómo va tu rodilla? -preguntó Joe mientras iban por el pasillo. Caminaba despacio a propósito, sin forzar el paso, para que Zac pudiera seguirlo.
Zac sintió una punzada de irritación que conocía bien. Odiaba no poder moverse con rapidez. Maldición, en otro tiempo solía batir todas las marcas de velocidad durante el entrenamiento físico.
-Hoy me encuentro mejor -mintió. Cada paso que daba le dolía a rabiar. Y lo más ridículo de todo era que Joe sabía perfectamente cuánto le dolía.
Empujó la puerta de la sala de oficiales. Era una habitación bastante agradable, con grandes y mullidos sillones y un enorme ventanal que daba a los jardines. La moqueta era de un tono azul ligeramente más claro que el del cielo, y la tapicería de los sillones hacía juego con la abundante vegetación que crecía más allá de la ventana. Los colores sorprendieron a Zac. Solía ir allí bien entrada la noche, cuando no podía dormir. En la penumbra, las paredes y los muebles le habían parecido grises.
Steven Horowitz entró en la sala un paso por detrás de ellos.
-Bueno -dijo con sus maneras enérgicas y eficientes. Saludó a Joe con una inclinación de cabeza-. Gracias por venir, teniente. Sé que usted también está muy ocupado.
-Para esto, no, capitán -contestó Joe con calma.
-¿Y qué es «esto» exactamente? -preguntó Zac. No estaba tan inquieto desde la última vez que había salido a «husmear» en una operación de recogida de información tras las líneas enemigas.
El médico señaló el sofá.
-¿Por qué no nos sentamos?
-Prefiero estar de pie, gracias -Zac había pasado mucho tiempo sentado durante los primeros años después de resultar herido. Había pasado demasiado tiempo en una silla de ruedas. Si podía elegir, ya nunca se sentaba.
Joe se acomodó en el sofá y estiró las largas piernas. El médico se sentó al borde de un sillón. Sus gestos parecían anunciar que no pensaba quedarse mucho tiempo.
-Esto no va a gustarle -le dijo bruscamente a Zac-, Ayer firmé su alta para que se marche del centro. Zac no podía creer lo que estaba oyendo.
-¿Qué?
-Se va de aquí -dijo el médico, no sin amabilidad-. Hoy, a las dos de la tarde.
Zac miró al médico y a Joe. Éste tenía la mirada velada por la amargura, pero no contradijo a Horowitz.
-Pero mis sesiones de fisioterapia...
-Han terminado -concluyó el doctor-. Has recuperado suficientemente el uso de la rodilla y...
-¿Suficientemente para qué? –preguntó Zac, enfurecido-. ¿Para andar cojeando? ¡Eso no es suficiente, maldita sea! Tengo que ser capaz de correr. Tengo que poder...
Joe se irguió en su asiento.
-Steve me ha dicho que lleva semanas estudiando tu historial -dijo con serenidad a Zac el comandante de la Brigada Alfa-. Por lo visto, no ha habido mejoras...
-Porque estoy pasando una época mala. Suele pasar en esta clase de...
-Su fisioterapeuta se ha mostrado preocupada porque se esté usted excediendo -lo interrumpió Horowitz-. Se está esforzando demasiado.
-Corte el rollo -Zac agarró tan fuerte el bastón que se le transparentaron los nudillos-. Se me ha agotado el tiempo, ¿no es eso? -volvió a mirar a Joe-. Alguien del piso de arriba ha decidido que ya me he aprovechado suficiente, que tengo que dejar mi cama vacía para que la ocupe algún otro infeliz sin esperanzas de recuperarse del todo, ¿no?
-Sí, quieren tu cama -contestó Joe asintiendo con la cabeza-. En parte es eso, sí. En los centros de veteranos, las plazas son limitadas. Ya lo sabes.
-La verdad es que estoy muy bien. La que está asustada es Ronnie. Lee todo lo que cae en sus manos sobre el embarazo y los bebés. Y creo que los libros la están asustando todavía más.
-Santo cielo, un niño -repitió Zac-. ¿Vais a llamarlo Joe Cat Júnior?
-Yo quiero una niña -reconoció Joe. Su sonrisa se suavizó-. Una pelirroja, como su madre.
-Bueno, ¿y qué es lo demás? -preguntó Zac. Al ver la mirada de sorpresa de Joe, añadió-: Has dicho que sólo era en parte una visita de cortesía. Eso significa que hay algo más. ¿A qué has venido, aparte de eso?
-Ah, sí. Steve Horowitz me llamó para pedirme que estuviera presente cuando hablara contigo.
Zac se tensó de inmediato mientras se ponía la camiseta. Steve Horowitz era su médico. ¿Para qué quería que Joe estuviera allí cuando hablara con él?
-¿Por qué?
Joe no dijo nada, pero su sonrisa se desvaneció.
-Al fondo del pasillo hay una sala de oficiales -dijo-. Steve dijo que hablaríamos allí.
Una charla en la sala de oficiales. Aquello era aún más serio de lo que Zac había imaginado.
-Está bien -dijo con calma. Era absurdo presionar a Joe. Sabía que su antiguo jefe no le diría nada hasta que apareciera Steve.
-¿Cómo va tu rodilla? -preguntó Joe mientras iban por el pasillo. Caminaba despacio a propósito, sin forzar el paso, para que Zac pudiera seguirlo.
Zac sintió una punzada de irritación que conocía bien. Odiaba no poder moverse con rapidez. Maldición, en otro tiempo solía batir todas las marcas de velocidad durante el entrenamiento físico.
-Hoy me encuentro mejor -mintió. Cada paso que daba le dolía a rabiar. Y lo más ridículo de todo era que Joe sabía perfectamente cuánto le dolía.
Empujó la puerta de la sala de oficiales. Era una habitación bastante agradable, con grandes y mullidos sillones y un enorme ventanal que daba a los jardines. La moqueta era de un tono azul ligeramente más claro que el del cielo, y la tapicería de los sillones hacía juego con la abundante vegetación que crecía más allá de la ventana. Los colores sorprendieron a Zac. Solía ir allí bien entrada la noche, cuando no podía dormir. En la penumbra, las paredes y los muebles le habían parecido grises.
Steven Horowitz entró en la sala un paso por detrás de ellos.
-Bueno -dijo con sus maneras enérgicas y eficientes. Saludó a Joe con una inclinación de cabeza-. Gracias por venir, teniente. Sé que usted también está muy ocupado.
-Para esto, no, capitán -contestó Joe con calma.
-¿Y qué es «esto» exactamente? -preguntó Zac. No estaba tan inquieto desde la última vez que había salido a «husmear» en una operación de recogida de información tras las líneas enemigas.
El médico señaló el sofá.
-¿Por qué no nos sentamos?
-Prefiero estar de pie, gracias -Zac había pasado mucho tiempo sentado durante los primeros años después de resultar herido. Había pasado demasiado tiempo en una silla de ruedas. Si podía elegir, ya nunca se sentaba.
Joe se acomodó en el sofá y estiró las largas piernas. El médico se sentó al borde de un sillón. Sus gestos parecían anunciar que no pensaba quedarse mucho tiempo.
-Esto no va a gustarle -le dijo bruscamente a Zac-, Ayer firmé su alta para que se marche del centro. Zac no podía creer lo que estaba oyendo.
-¿Qué?
-Se va de aquí -dijo el médico, no sin amabilidad-. Hoy, a las dos de la tarde.
Zac miró al médico y a Joe. Éste tenía la mirada velada por la amargura, pero no contradijo a Horowitz.
-Pero mis sesiones de fisioterapia...
-Han terminado -concluyó el doctor-. Has recuperado suficientemente el uso de la rodilla y...
-¿Suficientemente para qué? –preguntó Zac, enfurecido-. ¿Para andar cojeando? ¡Eso no es suficiente, maldita sea! Tengo que ser capaz de correr. Tengo que poder...
Joe se irguió en su asiento.
-Steve me ha dicho que lleva semanas estudiando tu historial -dijo con serenidad a Zac el comandante de la Brigada Alfa-. Por lo visto, no ha habido mejoras...
-Porque estoy pasando una época mala. Suele pasar en esta clase de...
-Su fisioterapeuta se ha mostrado preocupada porque se esté usted excediendo -lo interrumpió Horowitz-. Se está esforzando demasiado.
-Corte el rollo -Zac agarró tan fuerte el bastón que se le transparentaron los nudillos-. Se me ha agotado el tiempo, ¿no es eso? -volvió a mirar a Joe-. Alguien del piso de arriba ha decidido que ya me he aprovechado suficiente, que tengo que dejar mi cama vacía para que la ocupe algún otro infeliz sin esperanzas de recuperarse del todo, ¿no?
-Sí, quieren tu cama -contestó Joe asintiendo con la cabeza-. En parte es eso, sí. En los centros de veteranos, las plazas son limitadas. Ya lo sabes.